Rosalma

Rosalma

Faltaban por lo menos dos meses para Navidad, y nuestra hija Rosalma, de nueve años, nos dijo que quería una bicicleta nueva. Su vieja bicicleta Barbie era cosa de bebés; además, necesitaba un cambio de cubiertas.

Al acercarse la Navidad pareció ir perdiendo ese deseo; al menos eso pensamos, porque ella no volvió a mencionar el asunto. Nos dedicamos alegremente a comprar lo que estaba haciendo furor: la muñeca de moda, hermosos libros de cuentos, una casa de juguete, un vestido para las fiestas y otras cosas.

Para gran sorpresa nuestra, el 23 de diciembre nos anunció, con todo orgullo, que «se moría» por una bicicleta nueva. Eso nos desconcertó por completo. Entre la preparación de la cena navideña y la compra de regalos a último momento, ya no había tiempo de elegir la bicicleta perfecta para nuestra niña.

La Nochebuena nos encontró recién llegados de una fiesta estupenda. Eran alrededor de las nueve y nos esperaban horas enteras de envolver regalos para nuestros hijos, padres, hermanos y amigos. Mientras Rosalma y su hermano Dylan, de seis años, dormían arrebujados en su cama, sólo podíamos pensar en la bicicleta, llenos de culpa ante la idea de la desilusión que íbamos a provocarle.

En ese momento Ron, mi marido, tuvo una inspiración.

-¿Qué pasa si hago una pequeña bicicleta de arcilla y le ponemos una nota que diga que puede canjearla por una bicicleta de verdad?

La idea era manifestarle que, tratándose de un artículo de alto costo y siendo ella una niña tan buena, era mejor que eligiera ella misma la que más le gustara. Ron pasó las cinco horas siguientes modelando concienzudamente una bicicleta de arcilla en miniatura. La mañana de Navidad, sólo tres horas más tarde, esperamos con gran entusiasmo a que Rosalma abriera el paquete en forma de corazón, con su hermosa bicicleta de arcilla roja y blanca. Por fin, ella leyó la nota en voz alta.

Nos miró a ambos. Luego dijo:

-¿Esto significa que puedo cambiar la bicicleta que me hizo papi por una de verdad?

-Si-le contesté radiante.

A Rosalma se le llenaron los ojos de lágrimas.

-Jamás podría cambiar esta hermosa bicicleta que me hizo papi. Prefiero ésta a una

bicicleta de verdad.

En ese momento habríamos sido capaces de mover cielo y tierra para comprarle todas las bicicletas del mundo.

Michelle Lorenzo – Tercer plato de sopa de pollo para el alma

Cuentos inéditos

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