El Joven y el Jardín Interior
Autor LeonIA

El Joven y el Jardín Interior
Érase un joven de mirada inquisitiva que, desde que tenía uso de razón, estaba convencido de que la felicidad era la meta última de la existencia. El azar del destino lo colocó en un trabajo donde convivía a diario con personas mayores, cuyos rostros eran mapas de experiencias y cuyas sonrisas escondían misterios por descifrar.
Un día, una chispa de inspiración iluminó su mente: «Ellos, que han vivido tanto, deben guardar el secreto». Con determinación, se propuso encontrar la respuesta definitiva.
Se acercó al primer anciano, un hombre de paso lento pero espalda recta.
—Disculpe—dijo el joven—, ¿podría compartir conmigo el secreto de la felicidad?
El hombre, con una sonrisa serena, respondió: —Está en la salud, hijo mío. Es el cimiento sobre el que se construye todo. Sin ella, poco puede disfrutarse.
El joven asintió, agradecido. La respuesta le pareció lógica y sólida.
No tardó en encontrar a una señora de ojos bondadosos que tejía sentada en un banco. Al hacerle la misma pregunta, ella contestó con dulzura: —Oh, la felicidad vive en la familia y los amigos. Son el abrigo del alma en los inviernos de la vida.
Otra verdad, otra pieza para su rompecabezas. Sin embargo, una leve sombra de duda comenzó a formarse en su interior. ¿Acaso no había una sola respuesta?
La duda creció con el tercer anciano, un hombre de risa contagiosa que declaró sin dudar: —¡La felicidad es la diversión, la fiesta, el no perder nunca la oportunidad de celebrar estar vivo!
Y se convirtió en confusión cuando un cuarto hombre, de gesto severo, le aseguró: —El secreto está en el dinero. Es la llave que abre las puertas y aleja las preocupaciones.
El joven se alejó con el corazón encogido. Cada respuesta era distinta, cada una apuntaba a algo fuera de uno mismo: la salud, los otros, la diversión, la riqueza. Si la felicidad dependía de cosas tan frágiles y cambiantes, ¿era entonces tan esquiva como parecía? Desalentado, guardó su pregunta en el fondo de su corazón y dejó de buscar.
Los años pasaron. El joven, ahora un hombre maduro, vivió su propia cuota de experiencias: conoció la enfermedad, sintió la soledad, enfrentó penurias y también gozó de días de alegría. Un atardecer, mientras reflexionaba sobre el vaivén de su vida, de pronto, un entendimiento profundo y tranquilo lo inundó.
¡Eureka! No eran las respuestas lo que estaba mal, era la pregunta.
Cada uno de aquellos ancianos no le había dado el secreto de la Felicidad con mayúscula, sino la lección que su propia vida les había enseñado. Le habían hablado de lo que ellos habían echado en falta o valorado demasiado tarde.
El que alababa la salud, había conocido la enfermedad.
La que ensalzaba la familia, había palpado la soledad.
El que pregonaba la fiesta, había vivido una vida de obligaciones.
Y el que defendía el dinero había temblado ante el fantasma de la pobreza.
Sus respuestas no eran fórmulas universales, sino espejos de sus propias carencias. Todas apuntaban a un jardín exterior que ellos creían que debía ser perfecto para ser feliz.
Y entonces comprendió la verdad última, la única que podía ser igual para todos: La verdadera felicidad no es el jardín exterior, sino la capacidad de cultivar el jardín interior, sin importar cómo esté el clima fuera.
Un hombre enfermo puede encontrar paz en una puesta de sol. Un hombre pobre puede sentir gozo en una conversación sincera. Una persona sola puede hallar consuelo en su propia compañía. Y quien no puede estar de fiesta, puede encontrar una sonrisa en un recuerdo cálido.
La felicidad no es la salud, sino la serenidad para aceptar el cuerpo que se tiene.
No son los amigos, sino la capacidad de ser un buen amigo de uno mismo.
No es el dinero, sino la riqueza de encontrar valor en lo simple.
No es la fiesta constante, sino la alegría de estar en paz en el silencio.
El hombre, ahora en verdad sabio, sonrió. El secreto no se encontraba en una respuesta externa, sino en una semilla que siempre había estado allí, en su interior, esperando ser regada con aceptación, gratitud y amor propio.
Y colorín colorado, este cuento ha sido acabado: la felicidad no es un destino al que se llega, sino una luz con la que se decide viajar.
Cuento cedido por el autor LeónIA a Positivando La Vida