El arte de mantener...
 
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Vaciar todo

El arte de mantener la taza vacía.  


Jose Ignacio
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EL ARTE DE MANTENER LA TAZA VACÍA.

A diferencia de la tendencia occidental que nos lleva a enfatizar el aprendizaje sobre la base de la retención de datos, la visión del taoísmo filosófico (道家) ha transitado por otros senderos.

No es la acumulación de información lo que posibilita la apertura de la percepción. Siempre he pensado que el conocimiento es un atributo de la memoria y la sabiduría es un don de la receptividad. Por otro lado, el secreto del entendimiento en las artes marciales no consiste en atesorar transmisiones, si no en construir un estado de conciencia de extrema sintonía con la vida.

Es engorroso andar por el mundo con una bolsa repleta de piedras. Igualmente sucede si intentamos escalar la cúspide de una montaña arrastrando un pesado fardo de ideas. ¿Qué dirección tomaremos si estamos apertrechados por los bordes de las conjeturas? Las opiniones ajenas y las rememoraciones del pensamiento no pueden mejorar los ímpetus de un caminante. Más bien embotan los sentidos y lo privan de descubrir las experiencias del mundo.

Metafóricamente, cuando las nociones y creencias de un hombre se aglomeran sin orden y se amplifican bajo el fragor de los elitismos racionales, hunden la agudeza de su espíritu engendrando la apatía. Hay una fábula china, muy exhaustiva al respecto, que tal vez nos pueda hacer reflexionar sobre este tema:

"Según cuenta una leyenda de uso popular, un hombre llega a las puertas de una escuela y se presenta ante la mirada inquisidora de un viejo maestro. Tras ofrecerle una reverencia matizada de insolencia, le dice:

-Llevo muchos años peregrinando en pos del conocimiento. He estudiado matemáticas, astronomía, medicina y disímiles teorías filosóficas. Soy un gran experto en artes marciales y vengo ante su presencia para compartir su sabiduría. Según he escuchado su escuela posee una sólida reputación en toda la comarca. ¿Tendría el honor de aceptarme como discípulo?

El maestro perplejo lo invita a beber una taza de té mientras camina silenciosamente hacia una sala avituallada para esos menesteres. Tras los requisitos previos, le coloca a su insigne anfitrión un bello recipiente y comienza a dejar caer la infusión lentamente. En unos segundos el líquido ámbar extraído de las hojas frescas, alcanza el borde superior del frasco y comienza a derramarse por toda la mesa.

Asombrado de presenciar semejante indelicadeza el visitante le increpa de este modo:

-Cuidado, ha sobrepasado usted los límites permisibles. ¿Acaso no se da cuenta que la taza no puede abarcar más de lo que ya contiene?

Sonriente el maestro retira de un solo golpe el chorro humeante que brota de la tetera, mientras le increpa con una mirada llena de elocuencia:

-Esta exigua vasija es un símbolo inigualable de tu mente. Nada puedo enseñarte, porque estás tan lleno de certezas, que todo lo que intente colocar en tu colmado interior terminará por derramarse fuera de tu limitada comprensión. ¿Cómo podría iniciar una instrucción en un hombre que pide ayuda sin espacio disponible?".

Para la visión contemporánea este enfoque no es congruente con la información recibida desde la niñez y mucho menos con las prerrogativas culturales que edifican las orientaciones pedagógicas. Se nos ha incitado a guardar y esconder desde tiempos inmemorables todo lo que creemos que nos hace diferentes y especiales. El conocimiento se ha convertido en una estrategia sensorial para preservar la imagen que decoramos en la superficie. Con extrema cadencia solemos repetir la exhaustiva aglomeración de citas, frases, fechas y concatenaciones de doctrinas que terminan irresolublemente por decorar nuestro rostro social. Estos clichés intelectuales funcionan como tarjetas de presentaciones. Se colocan ante los demás para engrandecer nuestras apariencias fisionómicas.

Mientras no logremos despejar nuestra mente de falsas conjeturas, nos será imposible saborear la grandeza de las cosas profundas. Para que pueda recobrar su genuina connotación, el ser humano ha de aprender a lustrar las oquedades de su corazón. El Dao del Wushu (道的武術) se revela sólo a aquellos que saben entrar en el insondable poder del vacío.

Visto bajo el prisma de esta filosofía, nuestra presencia en el universo no es trascendente en términos individuales. Somos parte de un tejido de Qi que alimenta el curso de Taiji (太極), pero no debemos aspirar a controlar el entramado del cosmos. Por mucho que queramos y lo inciten la quimeras de nuestros Egos, nada podremos hacer frente a las fuerzas inquebrantables de Yin y Yang (陰和陽). Nuestro verdadero destino consiste en aprender a no confrontar con los mecanismos eternos. El secreto de la sabiduría se devela cuando somos capaces de mantener nuestra taza vacía.

Copyright © - Shifu Tony Rey García
Viena-2015

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